Educar para el fracaso… pero también para el éxito

Ya hicimos un post con algunas recomendaciones para asimilar los fracasos. Sin duda, es necesario. Sobre todo porque en nuestra cultura el fracaso aún tiene una connotación únicamente negativa. No nos engañamos: fracasar es horrible. Significa que no hemos conseguido aquello que queríamos, que no hemos cumplido nuestras expectativas. Eso, jamás vamos a cambiarlo. No se trata de dar al fracaso un matiz positivo, si no de aceptarlo y entenderlo. Es necesario que enseñemos a los peques que cuando fracasamos es lógico estar mal. Que debemos estarlo. Pero que también debemos aceptar el fracaso e intentar mejorar y aprender en base al mismo. ¿Por qué hemos fracasado? ¿qué podríamos cambiar? ¿qué saco de esta experiencia? Son preguntas que debemos hacernos para que el fracaso nos deje algo más que un mal sabor de boca.


Ahora bien ¿qué pasa con el éxito? ¿Es sólo un buen momento en nuestras vidas o también debemos enseñar a aceptarlo y mejorar?

Me gusta ver la educación como la tarea de hacer reflexionar. Y normalmente, tendremos a enfocar la reflexión hacia lo negativo: reflexionar sobre por qué algo ha salido mal, por qué estamos tristes, por qué nos hemos enfadado… Sin embargo, las emociones y los sucesos positivos en nuestra vida también requieren esa reflexión. En este sentido, el éxito puede llevarnos a sentirnos eufóricos, orgullosos, felices… y hemos de saber gestionar nuestras emociones porque si no, puede que éstas nublen nuestras futuras tareas. Hemos de saber aceptar el éxito, celebrarlo, sí, pero también tratarlo como algo normal y lógico, al igual que el fracaso.

¿Qué suele pasar cuando vivimos un éxito?


Normalmente, al vivir un éxito, tenemos una sensación de alegría, euforia y orgullo. Hemos hecho un buen trabajo y se nos está premiando. Hemos conseguido aquello que queríamos hacer. Hemos cumplido un objetivo. Pero entonces, se abre ante nosotros un nuevo abanico de posibilidades… ¿ahora qué?

En este sentido, y entrando ya en materia educativa, lo ideal es que tengamos en familia una hoja de ruta. Ni siquiera los peques hacen cosas porque sí. Al final, todo lo que hacemos tiene un objetivo y aunque está claro que para mí, la libertad del juego y la experiencia en la infancia es fundamental, nosotros, como adultos, debemos tener claro que al final somos ejemplo y guía, y que, en esos momentos en los que estén eufóricos, debemos ser capaces de guiarles para asimilarlo ¿cómo?

1.- Celebra el éxito

Da igual que sea pequeño o grande. Que hayamos aprendido a dividir o que hayamos ayudado a un compañero de clase a conseguir algo. Que hayamos ganado una carrera… ¡toca celebrar!

Eso nos ayudará a ser conscientes de lo que hemos conseguido, pero también a tener un momento para vivirlo sin recrearnos. Lo vamos a celebrar, vamos a soltar toda esa emoción que tenemos guardada y, después, vamos a continuar.

2.- Reflexionar sobre el camino

¿Qué hemos hecho para conseguirlo? Vamos a pensar en todo lo que hemos aprendido y vamos a señalar lo que más nos ha gustado y lo que menos. Tenemos que ser conscientes de nuestros aprendizajes y disfrutar más del camino que de la meta final.

Podemos hablarlo, hacerlo en un folio, con dibujos… de la forma en la que mejor trabajemos.

3.- Pensar en lo que nos queda por hacer

Sí, hemos conseguido algo… ¡pero cuántas cosas nos quedan por vivir aún! No vamos a quedarnos ensimismados, vamos a ser conscientes de lo que hacemos. Deberíamos disfrutar mucho más del camino, del aprendizaje, que del éxito en sí. Así que vamos a ver qué nos proponemos ahora. Qué nos motiva y vamos a por ello desde ya.

4.- fomentar el compañerismo

Lo que más miedo me da de valorar más el éxito que el camino para llegar a él, es que terminemos creyendo que somos los mejores. Nadie es el mejor en nada, por eso nos esforzamos cuando encontramos una motivación. Es necesario que ellos también aprendan esto, y, que nuestros mensajes hacia ellos no estén orientados a compararles con sus compañeros. No, vuestro hijo no es el mejor en nada. Es mejor de lo que era ayer, y mañana será mejor de lo que es hoy, pero no se trata de ser mejor que los demás.

Quería hacer esta reflexión porque me parece importante para los más peques. Vivimos en un mundo rodeados de notas, objetivos y metas. Valorar más un resultado que un proceso es un gran error, porque así nunca disfrutaremos de todo lo que vivimos. La celebración de un éxito dura un momento, mientras que el aprendizaje es constante y hemos de saber disfrutarlo.

Por último, no se trata de que se pongan objetivos propiamente dichos, o que hagamos con ellos un plan de coaching. No. Su experiencia debe ser libre. Pero nosotros hemos de saber cómo guiar sus experiencias.

¡Ah! Y un éxito no tiene por qué ser una gran nota o pasar de curso. Hay muchos más pequeños éxitos en su día a día que también debemos celebrar.


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Comentarios
  • Marta García
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    Hola Vanesa, me parece un artículo super interesante y que deben conocer tanto docentes como padres, incluso, los propios alumnos por sí solos.
    Para empezar, me gustaría destacar que es muy importante saber cómo gestionar las emociones en sí, pero en el ámbito educativo, es primordial, saber encajar el fracaso. Pues, hay alumnos que ante los primero fracasos se rinden y se desvinculan totalmente del sistema educativo. Sin embargo, si a los niños desde pequeños se les enseña educación emocional podemos solventar parte del abandono que sufre nuestro sistema educativo.
    Por otro lado, me ha parecido muy interesante que hayas mencionado el saber gestionar la alegría, porque sí, también es necesaria.
    Finalmente, lo que más destacaría es el último punto, el de fomentar el compañerismo, sería muy importante intervenir desde los más pequeños para que poco a poco se pueda ir eliminando el individualismo y la competencia que existe actualmente en la sociedad.
    Un saludo!