La necesidad de aburrirse

Probablemente por el título del post muchos estáis pensando en salir de aquí rapidito. Todos sabemos que aburrirse es… bueno, eso, aburrido. Vamos a empezar por ver qué significa eso de aburrirse. Y nos vamos a ir a la RAE y a quedarnos con la 6ª definición que nos da:

Sufrir un estado de ánimo producido por la falta de estímulos, diversiones o distracciones.

Parece que, hoy día, según esta definición, aburrirse puede ser complicado (aunque ya sabemos en en realidad no lo es). Vivimos en el mundo de los estímulos. Tenemos, por todas partes, distracciones y opciones para divertirnos o pasar el rato que harán del aburrimiento un mito. Algo lejano que llevamos mucho sin sentir.

En realidad, como decía, todos sabemos que no es así. Nos aburrimos casi diariamente aún teniendo todos estos estímulos cerca porque hemos aprendido a ignorar aquellos que no nos gustan. Somos capaces de centrar nuestra atención únicamente en esos estímulos que más nos interesan y, claro, cuando no están presentes terminamos aburridos y pensando en qué hacer.

Este post más que un artículo sobre por qué es importante aburrirse, es una reflexión personal. Porque me he dado cuenta de que disfruto aburriéndome. De que vivo en una vorágine de información y tareas que a veces me piden que me aburra. Que no sepa qué hacer. Y cuando pasa eso, mi cerebro necesita tanto ese pause que ni siquiera me desespero. Lo vivo y lo disfruto.

Aquí podríamos entrar a definir cuándo decimos que estamos aburridos. Pero vamos de nuevo a quedarnos con esa definición de la RAE por hacer la reflexión más sencilla: Estoy sentada en el sofá, con la tele apagada y no hay nadie en casa. Todo está en silencio. No hay estímulos, distracciones o diversión. Estamos yo y mi cabeza juntas (algo que puede acabar mal o bien).

¿Por qué necesito aburrirme?

Para mí, el aburrimiento se ha convertido en una especie de oasis que uno encuentra en el día a día y que termina sirviendo para respirar. Estás a mil por hora, y, de pronto, te sientas en el sofá y eres consciente del suspiro que acabas de soltar. Ya no hay nada. No sabes qué hacer y tu cabeza está tan tranquila que para qué desesperarte si puedes aburrirte ¿no?

Podemos entrar a hablar de que, si somos conscientes de que estamos aburriéndonos y lo disfrutamos ya no estamos aburridos. Y seguramente a este post le falte mucha base psicológica de fondo, lo sé. Mi reflexión no es en ese sentido, que si queréis podemos hablar de ello en otras entradas más adelante.

Aburrirte termina siendo una actividad de desconexión que antes nos desesperaba pero ahora, definitivamente, necesitamos. Necesitamos ese oasis, no para dejar de pensar en lo que nos queda por hacer (que esto ya sí es difícil) si no, simplemente, para dejar de hacer. Para relajarnos y dejar en blanco todo lo que podamos esos estímulos que, día a día, perseguimos (y que nos encantan).

Aburrirse es, también, mimarse un poco. Y eso nunca está de más.

¿Por qué este post?

Sí, La Incubadora Pedagógica es un blog de pedagogía y psicología. Pero a veces no está de más incluir este tipo de reflexiones. Sobre todo para quién me lee. Para que lo apliquéis en vuestro día a día o en el día a día de los peques que conviven con nosotros. Ellos también necesitan aburrirse.

El aburrimiento hace que despierte nuestra creatividad y pensamiento lateral, nos ayuda a relajarnos y motivarnos, pero, además, es un momento en el que estamos a solas con nosotros mismos y aunque en muchos casos eso de pavor (y pueda llegar a ser peligroso), también nos sirve para fomentar el autoconocimiento.

Este post es para que, la próxima vez que os aburráis o se aburran, tratéis de darle, un ratito, al pause.

 

Y a ver qué pasa. 

 

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